Bagua derrota al APRA

“Más de treinta muertos por las huevas”, comentó el taxista mientras doblaba por Garzón, rumbo a la avenida Brasil. Su pelo cano y las arrugas de su frente desnudaban sus sesentaitantos años. Sin duda, tenía ganas de hablar. Yo no tanto por lo que apenas respondí con un ligero movimiento de cabeza.

“Puta, casi 35 muertos”, insistió en su afán de jalarme la lengua. Escuchaba en Radio Nacional, el programa “hoy a las 21” de canal 7, que de vez en cuando veía yo cuando estaba en casa. Los entrevistados eran los congresistas Yhonny Lescano y César Zumaeta. El aprista, después de que él y los principales líderes de su partido sostuvieran durante todo este tiempo que el D.L 1090 era casi un milagro, y después de sostener que su derogatoria era poco menos que el fin del mundo, sin desparpajos decía que, por fin, los peruanos podían respirar tranquilos porque se había llegado a un consenso: la derogatoria.

Abrazos, luego que la sangre llegó al río. FOTO: Andina

Abrazos, luego que la sangre llegó al río. FOTO: Andina

“Acá no ha habido ni vencedores ni vencidos. En todo caso, ha vencido la paz y eso es bueno”, decía Zumaeta. La ausencia de repreguntas de parte de la linda conductora fue cubierta por el vozarrón del taxista: ¡Qué tal conch…! ¿Cómo que no hay vencidos? Acaso ustedes no se oponían a  la derogatoria? ¡Los nativos les han sacado la mierda! ¡Admítanlo!

En ese momento me vino a la mente la ministra Mercedes Araoz, del Mincetur, defendiendo a capa y espada el polémico decreto. Recordé algunos de sus argumentos: la derogatoria impediría implementar el TLC con los Estados Unidos, la derogatoria beneficiaría a la tala ilegal y al narcotráfico.

Recordé también que, en ese contexto, el presidente Alan García se refiríó a los nativos como ciudadanos no de primera clase. Y desde el ejecutivo se los tildaba de terroristas, de manipulados, de estar infiltrados por ideologías extranjeras, de chavistas, de partidarios de Evo Morales.

“Los búfalos han tenido que recular. Si no, el pueblo se los trae abajo”, agregó el taxista. En ese momento sonó mi celular. “Oe, le dieron el salvoconducto a Alberto Pizango. Se va a Nicaragua”, me informó un colega. “Ahora solo falta que le levanten la sanción a los siete congresistas nacionalistas”, le respondí, cachaciento.

Ya por la avenida Bolívar, en vista que no le hacía mucho caso, el taxista me mandó un “usted es aprista, ¿no?”. Sonreí y negué con la cabeza mientras hacía un balance de los acontecimientos pre y posmasacre de Bagua: 33 muertos, un asilado, descrédito para el Perú a nivel mundial, un Perú sangrante puesto en la vitrina de Hollywood por Q’Orianka Kilcher, una Meche Cabanillas desconcertada en el ministerio del Interior, un spot patético, una ministra de la Mujer maltratada por renunciar, un gabinete de caída inminente,  …

A punto de bajar, correspondí la cortesía del taxista:

– ¿Usted es humalista, no?

– ¿Usted cree que solo los humalistas se dan cuenta que el APRA la está cagando?

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